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Terror en Cenicientos

EL día 17 de agosto del presente año acudí a
Cenicientos (Madrid) a ver una corrida de
toros de José Escolar Gil (estos son mis
toros) y salí encantado. Era una tarde soleada, con
lleno en los tendidos de la plaza y aguardaban en los chiqueros seis toros en puntas y bien presentados.
Antes de empezar el paseíllo, la brigada acorazada
(los picadores) debió recibir la orden de asesinar a los toros y de picar en cualquier sitio, menos donde
corresponde. Pero no se preocupen, que alguno de
ellos salió de la plaza jurando en hebreo.
Los de a pie (llamados toreros) con cara de pánico y
alguno de ellos desmotivado. Tal fue el caso de Rafaelillo que, quizás pensando que en este pueblo no entendían de toros, salió escaldado. En su primero, saltó al callejón presa del miedo. No vimos sus toros en la muleta, pues antes fueron fulminados en el caballo. El gladiador murciano perdió parte de su crédito esa tarde.
De Fernandito Robleño, otro luchador de los ruedos, algunos dijeron al terminar que estuvo algo más digno que sus compañeros. Difícil calibrarlo. Por supuesto tampoco vimos a sus toros en la muleta; antes se los cargaron en varas, convertido este día en el tercio de la muerte.
Sergio Aguilar, un vallecano que otras tardes había salido dignamente de su pelea con los escolares, este día no se le olvidará nunca. Se dio una vuelta al ruedo por su cuenta en su primero, tras una veintena de malos muletazos, jaleada por una veintena de ignorantes
que le pidieron la oreja. Hasta ese momento todos los toros habían perseguido los trapos con fiereza y cuando cogían uno no le soltaban (como si fuera suyo, me decía el mayoral), humillaban, pero los “salchicheros” a caballo, duro y dale a picar trasero.
Pero amigos, lo mejor estaba por venir. Faltaba por saltar al ruedo el protagonista de la tarde, el sexto, un cárdeno bragado nacido en enero del 2004, herrado con el numero 19 y de nombre Chumbero. Sale desafiante y empieza el miedo, la tensión y también la emoción. El humilde
capote de Sergio Aguilar fue a parar a los tendidos a las primeras de cambio. Ya en ese momento empezaba el toro a sentirse el amo. Salieron los montados, listos para intentar cometer un crimen, pero… no pudieron. Puyazos en la paletilla, barrenazos van y vienen.
Los subalternos a pié nada hacían por sacar al toro del caballo. Parecía como, si de repente, la maquina del tiempo hubiese llegado a Cenicientos y nos fuéramos a 1880, por decir alguna fecha pasada. La gente, indignada ante semejante calvario, primero protestó y luego comenzó el lanzamiento de objetos al ruedo ¿Quizás se pasaron? Pues no lo sé. Lo que tengo claro es que había que detener ese intento de asesinato perpetrado por los montados y los subalternos
de a pié, colaboradores necesarios, se hacían los sordos y no querían oir las protestas. Pero estos señores no consiguieron su propósito y hasta las tres cuadrillas completas no fueron suficientes para poder parar al toro. Había más gente en el ruedo que en el callejón y Chumbero, el rey, como si acabara de salir del toril. Llega por fin el tercio de banderillas y allí se vio de todo. Rostros pálidos, apreturas en los burladeros, caídas producidas por el miedo y Sergio Aguilar
pensando ”en qué lío me he metido”. Un hermano de camada de su primero se iba a vengar del despropósito de haber dado una vuelta por su cuenta sin hacer nada. Llega el tercio de muleta, con un tío en el ruedo, la gente histérica, abrazos y felicitaciones al mayoral y nada vimos. Ni matarle dignamente pudo el torero, que le despachó de varios bajonazos y un descabello.
Después de su muerte y como si de un héroe se tratase se le despidió con una gran ovación.
Aquí termina la historia de una tarde, con la CASTA de protagonista. Pues bien, al periodista Moncholi no le gustó la corrida. Juzguen ustedes mismos.
Diego León
Aficionado y miembro de la
Asociación El Toro De Madrid
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