Mi pueblo

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El CANO (Claudio Sanchez Albornoz)

Al acabar la guerra carlista el bandolerismo hizo presa en muchas zonas de España. Le padecieron especialmente las regiones montañosas. «Partidas» regidas por audaces caudillos asaltaban, secuestraban, robaban...
Una, capitaneada por alguien a quien llamaban «El Cano», actuaba en las serranías que se extienden entre las tierras de Ávila y Toledo. En Cenicientos, poblachón serrano situado en la conjunción de las mismas con la provincia de Madrid, un comandante de ingenieros, «convenido de Vergara», había intentado explotar una mina de cobre, pero había fracasado y se había dado a plantar vides y olivos. «El Minero», como le llamaban en el país, fue señalado a «El Cano» como presa suculenta. Pero don Juan Hurtado era hombre campechano, tenía muchos amigos en el pueblo y una tarde recibió en su casa de las viñas a uno de ellos que le dijo
-Tome un caballo y escape ahora mismo. Esta noche va a secuestrarle la partida de «El Cano».

Pero mi bisabuelo era hombre de agallas, estaba acostumbrado a jugarse la vida y le dijo al amigo:

-¿«El Cano» está en el pueblo?

-Sí; tiene su gente agazapada en la casa del Tío X.

-Llévame hasta allí.

-Pero, don Juan, ¡usted está loco!

-Vamos.

Sonaron varios aldabonazos en la puerta de la casa donde «El Cano» tenía su guarida y desde dentro se oyó gritar

-¿Quién va allá?

-Don Juan Hurtado -respondió mi bisabuelo. Cinco trabucos le enfrentaron por la puerta y la ventana, pero él respondió impávido

-Me han dicho que ibas a secuestrarme esta noche y para ahorrarte el trabajo de ir hasta mi casa de las viñas he venido aquí y aquí estoy.

La bravura del comandante carlista retirado convertido en «El Minero» paralizó a «El Cano», que no acertó a decir sino

-Don Juan...

Don Juan cruzó la puerta.

-Muchachos, un vaso de vino por el pronto y hablaremos después.

«El Cano» y don Juan Hurtado se amigaron para siempre. Cuando mi abuela Teresa, que se había educado en Notre-Dame de Burdeos, iba de su casa de Ávila a la de Cenicientos, su padre despachaba un propio a «El Cano» y al llegar, con un criado al ronzal de la mula, al comienzo de la sierra, la esperaba la partida de bandoleros del amigo de su padre. La presentaban armas y, en doble fila, con sus trabucos preparados para resistir a otra partida si osaba aparecer, la conducían hasta avistar la Peña de Cenicientos y, en el fondo del valle, la casa de «El Minero».



De chiquillo he montado en las jamugas sobre las que lentamente esa abuela abulense avanzaba protegida por las gentes de «El Cano». El valor siempre rinde más que el miedo, o rendía, cuando estaba intacta esa mezcla de hombría y de nobleza entrañablemente unidas a las tradiciones de la estirpe.

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A mí esto me emociona.



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