TOROS DE GUISANDO




























Antigüedades de España. Toros de Guisando
Eduardo de Mariátegui
Antigua: Historia y Arqueología de las civilizaciones

En el obispado de Ávila y entre las villas de Cadahalso y de Cebreros, se alza
recostado en una frondosa ladera, á la falda de la sierra de Guadarrama, el exmonasterio de San Jerónimo de Guisando, tercero de su orden, erigido en 1375 por Fray Pedro Fernandez Pecha, con autoridad apostólica y reedificado en la segunda mitad del siglo XVI. No lejos de él, y á diez pasos del camino de Ávila, del que los separa una pared de piedra seca, se ven los famosos Toros
destrozados ya y casi hundidos en una viña que ha desaparecido y perteneció al propio monasterio; campo célebre en nuestra historia por ser en él donde Enrique IV y sus grandes aclamaron y reconocieron como legítima heredera del trono castellano á la augusta Isabel, el lunes 19 de Setiembre de 1468, aposentándose la princesa en la venta de Tablada, que ya no existe, y que estaba situada muy cerca y á la izquierda de los toros.
Fueron estos en un principio cinco, de los cuales se conservan hoy tres de pié, pero tan desfigurados que apenas se puede distinguir si fueron toros, elefantes u otros cuadrúpedos; son de piedra berroqueña y de una sola pieza con la losa ó plinto que los sostiene, sirviéndoles de peana, y que sólo conservan dos á la vista; están cuatro puestos en línea mirando á Poniente, y detrás del tercero parecen distinguirse los restos del quinto, que ya destrozado en el siglo XV
y confundido con las muchas piedras de la misma clase en que abunda aquel sitio, ha dado origen á que después muchos escritores, y entre ellos Cean Bermudez, no hayan hecho mención más que de cuatro monstruos. El primero de estos está de pié y le falta la espalda; á l m 67 de él se ve el segundo, caido en tierra ; rotos los piés y mostrando sólo medio cuerpo; y á 3 m 62 de este y separados entre sí la misma distancia, se hallan el tercero y cuarto de pié , ninguno
de ellos tiene cuernos y sólo el primero tiene cola ; sus dimensiones son unos 2 m 7 de longitud , 1 m 6 de altura sobre el zócalo y 0 m 8 de anchura en el lomo; casi es imposible averiguar su forma primitiva, desfigurados ya por las injurias del tiempo y de su remota antigüedad.
El examen detenido de estas masas de piedra tan mal esculpida, aumenta nuestra confusión, pues si bien la pezuña parece que ha estado hendida por su parte media, en ninguna cabeza se halla rastro ni señal de las astas; la forma general de la cabeza y cola del primero nos inclina á creer que en lo antiguo fuéron toros, nombre con que les designa siempre Cervantes y la historia, y con el cual nos conformamos en vista de que no tenemos ningún dato cierto que demuestre lo contrario.
Si hay duda sobre la figura que estas moles de piedra debieron afectar en lo antiguo, no la hay menos sobre el objeto con que fueron construidas: Diego Rodriguez de Amelta en su Compilación de las batallas campales, obra terminada en 1481, dice así al describir la batalla 22 de su segunda parte: «Que «después que Scipion el joven volvió á Roma, y después de su muerte, los es-
«pañoles se rebelaron contra los romanos, que por esta razón enviaron á Espada
un capitán llamado Guisando, que habiendo peleado contra los españoles
»en tierra de Toledo, y cerca del lugar llamado Cadhalso, y habiéndoles ven-
»cido, hizo, para memoria de esta victoria, cuatro estátuas de piedra, á quien
«en su tiempo daban el nombre de Guisando.» No hay necesidad de detenerse
á refutar semejante opinión, pues con advertir que el nombre de Guisando es
de inflexión goda, mal podía ser el de un capitán romano.
El bachiller Juan Alonso Franco, célebre anticuario del siglo XVI, ocupándose
de este mismo asunto, dice entre otras cosas lo siguiente: «Como uno, por su
»letrero, se conoce que se dedicó á la victoria de César sobre los hijos de Pom-
»peyo, y el sitio donde fue esta es Andalucía: como el mismo diga que allí
»donde está es el campo Bastetano; y como exprese que es dedicación dé los
»Bastetanos otro, y se sepa que este campo y este pueblo fueron en Andalucía,
»por eso muchos han imaginado que estos toros se hicieron y estuvieron pri-
»meramente en dicha provincia, y que después un rey moro, para mostrar su po-
»der, con máquinas y gran copia de gente los metió España dentro, y los co-
»locó donde se hallan, siendo entre otros de este parecer Rasis, en la historia
»que hizo de Andalucía, y D. Lorenzo de Padilla, curioso arcediano dé Ronda.
»Mas Ambrosio de Morales, según se advierte en una nota de su puño, puesta
»aquí en este libro, dice que los Toros son tan valientes piedras, que es cosa de
»burla pensar que se movieron tantas leguas como hay desde allí á Andalucía, y más
»sin motivo alguno; y Antonio de Nebrija afirma que como hubo pueblos Basteta-
»nos en la Bética, los hubo igualmente en la España Citerior, y que de ellos debían
»hablar estos toros. Además, aunque la principal victoria de César fuese en An-
»dalucía, en Munda, también por Orosio, libro 6.e, capítulo XIV, sabemos que la
»guerra y el ejército Pompeyano, no se acabaron hasta que Cesonio, legado de
»César, venció no léjos de Lusitania; y de esto debe hablar el último toro, lo
»cual no sucedió en Andalucía, sino en la Citerior, no lejos de Lusitania, como
»es dónde se hallan los toros. Los letreros de estos dicen:
»1.° Caecillo-Metello-consuli-H.victori.
»2.° Exercitus victor-hostibusfusis.
»3.° Longinus-Prisco-Caesonio-f. c.
»4.° Lucio Portio-ob provinciam-optime administratam-Bastetani po-puli-f. c.
»5.° Bellum Caesaris et patriae mag-na ex parte con-fectum est-s et Gu. magni-
»Pompey filis-hic in Baste-tanorum agro-profligatis.»
Pero de estas inscripciones, falsa base de las hipótesis anteriores, sólo se
conserva una abierta á cincel en el costado derecho del cuarto toro, tan profunda,
que á haber existido, las demás se conservarían en nuestros dias. De ella
es copia inexacta la tercera que da en su libró el Br. Franco y que en el original
dice así:
LONG. INVS.
PRISCO. CAIA.
ETI :: PATRI. F.
C.
De las demás sólo se sabe que en la celda prioral del monasterio existían en
el siglo XVI unas tablas enceradas que decían ser copia de las inscripciones de
los toros, pero nadie vió los originales ni hay conformidad del sitio donde estaban
grabadas, diciendo unos que lo estaban en el costado derecho, otros en
ambos lados, no faltando también quien opine que se veían en el espesor del
plinto. La verdad es que semejantes inscripciones no han existido nunca, fundándonos
para asegurar esto, no sólo en lo que llevamos expuesto, sino en la
opinión del sabio D. Antonio Agustín, arzobispo de Tarragona, que tenia por
apócrifas las cuatro inscripciones, calificándolas de fingidas y supuestas por
Ciríaco Anconitano; también el crítico P. Sigüenza, voto de mayor excepción
en el caso presente, se adelanta á decir: «Que las inscripciones de los toros le
«parecen no muy auténticas, como otras muchas de que está lleno el mundo, y
«en España no hay pocas.»
No nos es fácil averiguar el destino que tuvieron estos monumentos en su
origen, aún después de haber desechado por faltas de fundamento las opiniones
anteriores, y vacilamos entre creerlos construidos en memoria de alguna
hecatombe ó sacrificio, ó mejor como piedras de término regional, sobre una de
las cuales dedicó Longino á su padre Prisco Calectio la memoria que aún se
conserva. En esta última hipótesis su construcción debe ser posterior en algo
al año 27 antes de J. C., en que se reformó la división del territorio español
bajo el consulado de Augusto. Siendo entonces una misma la división civil y
la religiosa que ha llegado hasta nuestros días, tenemos un dato bastante seguro
para robustecer nuestra opinión en la coincidencia en estos sitios de los
confines de la diócesis de Toledo, Ávila y Segovia, y por el mismo hecho confinaban
aquí la Bética, Lusitania y Tarraconense, siendo también este sitio limítrofe
de los Arevacos y Bacceos, Carpentanos y Vettones; y de ello hay una
prueba en una piedra que estaba á menos de seis leguas al Norte de los toros
y en el puerto de la Palomera, en la cual había según Masdeu la inscripción
que entre las suyas lleva el número 813, y dice:
Hic est Tarraco et non Lusitania
Hic est Lusitania et non Tarraco.
En Coca, Villatoro, Ciudad-Bodrigo, Ledesma, Salamanca y en varios otros
puntos de la Península existen más de trescientos monumentos de esta especie,
representando elefantes, toros y jabalíes. En Segovia se ve un toro y dos jabalíes
de piedra casi informes y muy gastados por su gran antigüedad. En Ávila
hay once entre osos, toros y jabalíes, destrozados, por haberlos gastado el tiempo
y por la incuria en conservarlos; en uno de los más pequeños, se lee la siguiente
memoria:
BVRR.
MAOLONIS.
F.
Y por último, en Durango existe otro monumento llamado en el país Miqueldico,
sin inscripción ni letra alguna, pero sí con un disco entre los piés.
Todas estas obras son romanas y no cartaginesas, como algunos creen, pues
en ninguna de ellas se descubren caracteres púnicos, y sí por el contrario en
muchas se ven inscripciones romanas.
E. DE MARIÁTEGUI.

Diccionario Toponímico y Etnográfico de Hispania Antigua



Autor: Julián Rubén Jiménez González
ISBN: 84-95673-02-9
Editorial: Minor Network, S.L. (2004)


Un buen libro escrito por un corucho. Las tribus y ciudades, santuarios, dioses y caminos, ríos, bosques, gentes y lugares que ocuparon nuestro mismo espacio, que dejaron huella, que tuvieron nombre.

Huellas y nombres que figuran ahora recogidos y ordenados en este Diccionario Toponímico y Etnográfico de Hispania Antigua, premiado por la Real Academia Española, y que aspira a convertirse en manual de uso para lectores curiosos, estudiantes o especialistas.
Sus entradas, documentadas por los clásicos o la epigrafía, ofrecen una vasta información sobre ciudades y tribus del entorno, jurisdicción romana, economía y lengua, deidades, episodios y personajes históricos.

LAS YEGUAS PREÑADAS POR EL VIENTO


«ENTRE EL MITO Y LA REALIDAD: LAS YEGUAS PREÑADAS POR EL VIENTO» por Alicia Canto, Depto. de Prehistoria y Arqueología

Uno de los más célebres mitos relacionados con la vieja Hispania fue el de las yeguas lusitanas a las que fecundaba el viento; mito que fue muy popular en la Antigüedad, a pesar de transcurrir en un finis terrae europeo.

Consiste en la creencia, o más bien en la afirmación (pues para los antiguos el mito, a diferencia de la fábula, es una vera narratio), de un hecho tomado como cierto: En las cercanías de Olisipo (Lisboa), del río Tajo y del cabo da Roca, las yeguas, volviéndose hacia el Océano, esto es, hacia el Occidente, podían ser fecundadas por el viento del Oeste, el Zephyrus griego (Favonius romano), un viento reconocidamente cálido y vivificador. Preñadas así por un dios, parían potros velocísimos pero de corta vida.

Gracias a algunos detalles de dos buenos conocedores de Hispania, Varrón (el mayor sabio romano, muerto el año 27 a.C.) y el hispano Columela (hacia 45 d.C.), sabemos que la zona elevada donde ello ocurría estaba sacralizada, y desde el gran Leite de Vasconcellos (1905) hay acuerdo en que sería el actual “Monsanto”, donde ahora existe un bello parque natural.

El mito es referido con distintos detalles por diecisiete escritores antiguos, desde Homero en la Ilíada (siglos IX-VIII a.C.) hasta autores cristianos del siglo IV-V d.C. como Lactancio y san Agustín, pasando por tratadistas tan serios como Aristóteles, el propio Plinio el Viejo (que lo rememora en tres ocasiones) o Claudio Aeliano en su De natura animalium. Pero, a pesar de estos testimonios antiguos, la crítica histórica moderna lo ha venido considerando “un bulo” o, cuando más elaboradamente, como expresión ambigua de una estructura social de tipo matriarcal y origen griego.

En una investigación recientemente presentada en un congreso internacional he intentado acercarme a esta famosa leyenda desde una perspectiva menos escéptica, con el triple objetivo de tratar de identificar la raza concreta a la que se refería el hecho, ensayar una vía nueva de aproximación teniendo en cuenta los avances en los campos de la Biología Animal y la Genética (esto es, intentando averiguar si tras el mito podía esconderse alguna realidad biológica), y poder reivindicar de paso la inteligencia y la credibilidad de nuestras fuentes grecorromanas, a menudo minusvaloradas.

Mediante comparaciones arqueológicas de las representaciones de caballos, en pinturas (por ejemplo en Mérida), o en mosaicos (sobre todo de la gran mansión romana de Torre de Palma, cerca de Monforte) con las actuales razas luso-españolas, es en efecto posible proponer que las razas en cuestión serían la “Garrana” o la “Sorraia”, las más antiguas de la Península Ibérica según los genotipos de H. Oelke; esto confío en que se pueda comprobar mejor cuando el Centro de Biología Animal de la Universidad de Lisboa amplíe a los restos équidos procedentes de excavaciones su estudio ya en curso sobre el DNA ancestral del Equus caballus en la Península Iberica.

En segundo lugar, al acercarme al fenómeno (muy frecuente en plantas) de la partenogénesis, desde el punto de vista de la Genética moderna –un mundo para mí enteramente nuevo–, me he tropezado con una asombrosa proteobacteria que está en los últimos años de rabiosa actualidad: la Wolbachia, bautizada así por el nombre de su descubridor, en 1927. Su genoma acaba de ser publicado (PLoS-Biology, March 2004) por el prestigioso investigador Jonathan Eisen, de The Institute for Genomic Research de Rockville.

De esta proteobacteria, un endosimbionte, lo que más me interesó, a los efectos de la explicación de nuestro mito, es su papel de “clonadora natural”, y su asombrosa capacidad para trastornar el sistema reproductor de su huésped –donde ella se aloja–, desde la feminización de machos genéticos a la generación asexual de las hembras o, en algunos casos, la degeneración y la muerte prematura del huésped. Por ahora sólo está probada su presencia en algunos tipos de peces, insectos (como drosófilas, mosquitos, avispas y abejas), lagartos y gusanos, nematópodos y artrópodos. Pero ya se busca la posibilidad de hallarla en mamíferos (cf. T. Kono et al., Nature, 22 April 2004), y de hecho un genetista de primera fila consultado me ha confirmado que no ve una razón para que la “Wolbachia”, u otros microbios similares, no puedan existir en mamíferos. Según J. Knight (Nature nº 412, July 2001): “As interest in the bacteria explodes, strains of Wolbachia that are in the process of being incorporated by their hosts may be among the evolutionary treasures waiting to be discovered”.

La aplicación de estas modernas vías de estudio genómico pemitiría mantener como hipótesis de trabajo que algunos grupos equinos lusitanos pudieran haber conservado en su seno, residualmente, una infectación por la Wolbachia u otra bacteria parecida, dando lugar a la procreación de las yeguas sin intervención del macho. Por falta de una explicación racional en la ciencia de la época, el hecho acabó convirtiéndose en un mito, en el que el papel generador se atribuía a un “dios del viento”. Con todo ello por fin se alcanza también el tercer objetivo del trabajo, que era restaurar el buen crédito de nuestras fuentes literarias antiguas.

Quizá esta metodología combinada, aplicada a otras famosas leyendas, nos ayudará a entender mejor, o incluso a detectar, otros prodigios de nuestro pasado remoto que actualmente se siguen considerando como fantásticos.

*****
Nota.- El reciente hallazgo en Turquía de un gen recesivo en humanos es de mucho valor para explicar la transición humana de la cuadrupedalidad a la bipedalidad, pero a mí me interesa mucho porque es un excelente paralelo en mamíferos para mi hipótesis de explicación genética del hasta ahora considerado "mito" de las yeguas lusitanas, arriba expuesto.

La Tumba de Viriato



Los portugueses la situan en la sierra de san Pedro, no en la sierra de la Estrella como se habia dicho tradicionalmente. Los españoles en la sierra de Gredos, en el Monte de Venus,al norte de Talavera.
¿ Como te imaginas un enterramiento de un general vettón?¿Qué ofrendas tendría? Sus armas amortizadas, su "viria", su cinturón,su fíbula de torrecilla,su casco...Tenemos que buscar esa necrópolis.
El campamento de su asesino Servilio Caepion está muy cerca del Tajo...y Viriato no estaba muy lejos cuando Audax, Ditalcon y Minuro planearon su muerte con Servilio, pues pronto regresaron para cobrar su fechoría y fué cuando Servilio les dijo:"Roma no paga traidores".


Otros autores hablan del Mons Veneris con forma de mujer tumbada, situado entre la sierra de San Vicente (Toledo) y el cerro Guisando….¿Cenicientos?.

Aunque podemos dejar volar nuestra imaginación, Apiano narra los funerales de Viriato, según este autor fue incinerado.

La Cruz de Plata




En las actas de defunción de los primeros años de 1600 se consignan como muchos de los fallecidos pedían que se les enterrase con la cruz de plata, lo que prueba que la actual cruz, orgullo del pueblo, es de hace bastantes años.

La fecha fija en que la parroquia la adquirió no se puede dar; pero lo que si se pude decir que existía ya mucho antes a 1569. Porque para esta fecha tenía ya deteriorado el pie y hubo que entregarse a Miguel Flores, platero de Escalona, para que lo reparase

La fábrica de la Iglesia


(Del libro Cosas que fueron) La actual iglesia del pueblo sé debió construir en él siglo XVI. En los libros de cuentas de la parroquia, correspondientes a esta época, hay, descargos de haber pagado transporte de piedra y madera para la iglesia, así corno el aserramiento y la clavazón de esta última; pero hay un descargo que habla mucho más claro; diciendo que en 1564 se pagó un a cantidad en reales y maravedís por los materiales y mano de obra del último cuarto de la iglesia. La madera, según se puede deducir se trajo del “Hoyo", lo que si es cierto, corno consta por una nota marginal, es que la regaló el Marqués Señor de Escalona. Quien fuese el maestro q le dirigió las obras no he podido saberlo; pero lo que sí he podido averiguar ha sido los nombres el maestro carpintero que hizo las puertas , del entallador y pintor del retablo, El carpintero se llamaba Ocaña y ejecutó las puertas en el año 1569. El tallado del altar mayo r que desapareció en el 1.936, lo efectuó Diego de Velasco, ajustado en 400 ducados, el estofado, dorado y pintura estuvo a cargo de Juan Correa de Vivar, cobrando por ello 450 ducados.En 1610 el Obispo de Troya, aquel que obligó a afeitarse el bigote a Lope de Vega, consagro la campana grande de la torre dándola el nombre de San Esteban

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